Cinco años sin fumar

Hoy cumplo cinco años sin fumar. Es decir, hace cinco años exactos apagué mi último cigarrillo. A estas alturas, ya llevaba mi primer par de horas sin fumar. Creo que en principio no debió de ser para tanto - la verdad, no recuerdo las primeras dos horas - pero aquella noche fue insoportable y todos los días que siguieron todavía más. Es decir, yo fui insoportable. Sobre todo para la persona que estaba a mi lado en aquella época. Pero lo hice. Pasé una noche horrible, agarré un montón de kilos, pero dejé de fumar. 

Mi último cigarrillo lo recuerdo bien. Recuerdo dónde lo fumé y con quién estaba. Incluso recuerdo dónde había comprado el paquete, y la marca. Pero no fue un cigarrillo especial, no hubo nada mágico en aquel momento. 

Siempre había pensado que si algún día dejaba de fumar habría algo de ritual, de despedida, en aquella última experiencia con el tabaco, en las últimas caladas. Pero no lo hubo, igual que tampoco hubo nada reseñable en el último pitillo que me fumé en un bar, cuando aún se podía. En aquella ocasión solo era una anodina tarde lluviosa en Cádiz, con el cielo gris, con mi compañera esperando de mala gana a que terminase ese cigarrillo para poder subir a casa porque empezaba a refrescar. Lo apagué, tiré la cajetilla y adiós. 

Dejar de fumar no salió totalmente gratis. Gané mucho peso con el que aún me estoy peleando, cinco años después. También es desde aquel día que tengo un problema con los dulces, algo que hasta entonces no me había interesado en absoluto. Pero así y todo, creo que salí ganando. Fumar es una basura. Prefiero que sea un problema comer demasiadas chucherías que meterme alquitrán en los pulmones. Ninguna de las dos cosas la agradece mi cuerpo, pero hay niveles. 

He ganado en libertad, en autonomía, en capacidad cardiorrespiratoria y probablemente tengo menos billetes para el infierno de los que tenía hace cinco años. 

Pero, sobre todo, es una victoria. Es, quizá, "mi" victoria. Los que me conocen saben hasta qué punto yo era la chimenea humana. Como, de alguna manera, fumar era un vicio que parecía hecho para mí. Con qué impulsividad y entusiasmo encendía y consumía cada cigarrillo. Algunas personas fuman por fumar - igual que yo, por ejemplo, si me bebo una copa es por bebérmela - hay otras que realmente "lo viven". Yo era de esos. Y sin embargo, de alguna forma, dejé de fumar. 

Cada vez que pienso que no puedo con algo, o que no puedo con nada, lo cual ocurre varias veces semanalmente, debería recordarme que hace unos años a estas horas seguramente tenía los pulmones llenos de humo. Y ahora no. 

El dejar de fumar fue, además, un detonante para mí. Porque fue el que me puso en la senda del gimnasio, aunque haya sido una vereda que a veces se ha torcido o de la que me he salido y vuelto a entrar varias veces. No en vano, fue en aquellos tiempos - un poco antes, creo - cuando me planteé empezar este blog. Sí, amigos, llevo procrastinando sobre este blog desde hace algo más de cinco años. 

Y de alguna forma, cuando pienso en ello, me doy cuenta de que tanto tiempo después, aún sigo aprendiendo de aquella ruptura, de mi relación venenosa con el tabaco. Ahora me resulta más fácil reconocer aquellos comportamientos "adictivos" o "impulsivos". 

Cuando siento ansiedad por los dulces o la comida basura, y sobre todo cuando lucho contra ella, reconozco aquellos impulsos por encender un cigarrillo. Cuando quiero limitar las horas que le dedico al móvil o a internet en general, las sensaciones son parecidas. 

Y aún me sigo haciendo muchas preguntas que todavía esperan respuesta: ¿por qué dejé de fumar realmente? ¿Por qué fumaba? ¿En qué he cambiado antes y después? Pero de alguna forma, supongo que son ventajas de hacerse viejo, esas preguntas ahora son retos. 

Será entretenido buscarles respuesta, conocerme mejor, saber un poco más sobre mí mismo y sobre esta vida caprichosa. 

Mientras tanto me dejo empujar por el impulso de aquella lejana, ínfima victoria y vengo aquí, con vosotros, a volcar mis pensamientos.

Mi viaje



Unos años atrás sufrí una crisis nerviosa. Un ataque de pánico. No ocurrió porque sí, fue el colapso de una situación gestada durante años. Toda mi vida incluso. Tensé demasiado el mecanismo y mi mente hizo crac. 

El detonante fue una larga noche en mala compañía, alcohol y tabaco hasta bien entrada la mañana. Como tantos malos momentos de mi vida, la privación de sueño tuvo algo que ver.

Pero hubo consecuencias positivas. No por la crisis nerviosa en sí, que fue un mal trago, sino porque a partir de ahí mi vida empezó a cambiar. Me puse a hacer cosas. A mejorar. Y probablemente no habría sucedido si aquella mañana, tras aquella larga noche, no me hubiese roto y dicho a mí mismo: “no puedo más”.

Tanto mi familia como yo mismo entendimos que algo no iba bien. Yo sabía desde siempre que ocurría algo en mi mente, pero aquella mañana tuve, si se quiere, una constatación empírica. Dejé de romantizarlo, de verlo como un elemento de fondo en mi mundo. Paré de pensar que soy una persona triste y atormentada y ya está. En esos días me dije: estoy enfermo.

Cuando descubres que hay un desorden en ti te vuelves capaz de abordarlo. Te haces las primeras preguntas: ¿qué me ocurre? ¿Por qué estoy mal?¿Cómo puedo cambiar esto?

Aquellos días conocieron puntos de inflexión dramáticos para mí. El primero es que por primera vez me diagnosticó un médico, y el segundo que empecé a medicarme. Sí, me mediqué. No lo puedo adornar de ninguna forma. Y además no quiero. 

El primer tratamiento que recibí fue farmacológico. Lo he seguido durante varios años. Hasta hace unos días, de hecho. No es la única solución a los trastornos del estado de ánimo, pero el tratamiento con medicación es una parte muy importante en ellos. A mí, en concreto, me ayudó con muchas cosas. Por primera vez desde que me acordaba dejé de despertar con el cuerpo rígido y en medio de un pánico inexplicable. También disminuyó de forma sensible mi abulia, mi inactividad. Porque si algo recuerdo de mi vida anterior al tratamiento es eso: inactividad perpetua. Pasividad. Letargo.

Descubrí muchas cosas en mi largo camino a la recuperación, a la “normalidad”. Pero hay una que me ha ayudado especialmente. Si algo ha apuntalado mis mejorías y apaciguado el dolor, si algo ha mitigado la hoguera de la depresión y la ansiedad, ha sido el deporte. Sobre todo, el levantamiento de peso y la caminada. Nada me ha ayudado tanto como sentir el el sol en mi cara y hacerme más fuerte. Ninguna medicina me ha impactado tan positivamente como un par de mancuernas.

El fitness continúa en mi vida. Sigo haciéndome más fuerte cada día, resistiendo a la tormenta. Cada día salgo a caminar o a correr para dejar al monstruo atrás. Y aunque fracaso a menudo sigo respirando. Intentándolo. Viviendo. 

Y aquí, si me acompañáis, os contaré cómo continúa mi viaje.

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