Mi viaje



Unos años atrás sufrí una crisis nerviosa. Un ataque de pánico. No ocurrió porque sí, fue el colapso de una situación gestada durante años. Toda mi vida incluso. Tensé demasiado el mecanismo y mi mente hizo crac. 

El detonante fue una larga noche en mala compañía, alcohol y tabaco hasta bien entrada la mañana. Como tantos malos momentos de mi vida, la privación de sueño tuvo algo que ver.

Pero hubo consecuencias positivas. No por la crisis nerviosa en sí, que fue un mal trago, sino porque a partir de ahí mi vida empezó a cambiar. Me puse a hacer cosas. A mejorar. Y probablemente no habría sucedido si aquella mañana, tras aquella larga noche, no me hubiese roto y dicho a mí mismo: “no puedo más”.

Tanto mi familia como yo mismo entendimos que algo no iba bien. Yo sabía desde siempre que ocurría algo en mi mente, pero aquella mañana tuve, si se quiere, una constatación empírica. Dejé de romantizarlo, de verlo como un elemento de fondo en mi mundo. Paré de pensar que soy una persona triste y atormentada y ya está. En esos días me dije: estoy enfermo.

Cuando descubres que hay un desorden en ti te vuelves capaz de abordarlo. Te haces las primeras preguntas: ¿qué me ocurre? ¿Por qué estoy mal?¿Cómo puedo cambiar esto?

Aquellos días conocieron puntos de inflexión dramáticos para mí. El primero es que por primera vez me diagnosticó un médico, y el segundo que empecé a medicarme. Sí, me mediqué. No lo puedo adornar de ninguna forma. Y además no quiero. 

El primer tratamiento que recibí fue farmacológico. Lo he seguido durante varios años. Hasta hace unos días, de hecho. No es la única solución a los trastornos del estado de ánimo, pero el tratamiento con medicación es una parte muy importante en ellos. A mí, en concreto, me ayudó con muchas cosas. Por primera vez desde que me acordaba dejé de despertar con el cuerpo rígido y en medio de un pánico inexplicable. También disminuyó de forma sensible mi abulia, mi inactividad. Porque si algo recuerdo de mi vida anterior al tratamiento es eso: inactividad perpetua. Pasividad. Letargo.

Descubrí muchas cosas en mi largo camino a la recuperación, a la “normalidad”. Pero hay una que me ha ayudado especialmente. Si algo ha apuntalado mis mejorías y apaciguado el dolor, si algo ha mitigado la hoguera de la depresión y la ansiedad, ha sido el deporte. Sobre todo, el levantamiento de peso y la caminada. Nada me ha ayudado tanto como sentir el el sol en mi cara y hacerme más fuerte. Ninguna medicina me ha impactado tan positivamente como un par de mancuernas.

El fitness continúa en mi vida. Sigo haciéndome más fuerte cada día, resistiendo a la tormenta. Cada día salgo a caminar o a correr para dejar al monstruo atrás. Y aunque fracaso a menudo sigo respirando. Intentándolo. Viviendo. 

Y aquí, si me acompañáis, os contaré cómo continúa mi viaje.

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